El caballo de mina cabe, en el imaginario francés, en tres imágenes: un animal bajado a la fuerza a la oscuridad, ciego al cabo de unos meses y condenado a no volver a ver la luz del día. Los archivos de las compañías mineras y los trabajos de los ingenieros de minas cuentan una historia más matizada. La ceguera generalizada es una leyenda, y el Puits Couriot, el museo de la mina de Saint-Étienne, la documenta como tal. La bajada en red, en cambio, existió de verdad, y su descripción de 1836 impresiona más que cualquier ficción. Esto es lo que las fuentes demuestran y lo que obligan a corregir.
1821, Rive-de-Gier: el día en que el caballo bajó a la mina
En Inglaterra, los ponis trabajan en las galerías de las minas de carbón desde mediados del siglo XVIII, en galerías inclinadas que salen a la superficie en la ladera. En Francia, el uso de caballos en el fondo empieza en 1821 en las minas de Rive-de-Gier, en el departamento del Loira, pioneras de la tracción animal subterránea. A partir de 1824 el método se extiende por toda la cuenca del Loira, llega a Blanzy, en Saona y Loira, en 1829, al norte en 1847 y a Lorena en 1865.
La razón es práctica. Antes del caballo, el carbón lo suben a la espalda hombres, mujeres y niños, y más tarde se arrastra en carretillas con cuerda. Las compañías buscan una fuerza capaz de tirar de convoyes sobre raíles, por galerías que se alejan del pozo con cada nueva explotación. El caballo resulta rentable a partir de 150 metros de recorrido. Por debajo, no aporta nada.
La bajada en red, descrita por un ingeniero de minas en 1836
El pasaje más duro del expediente no sale de una novela, sino de los Annales des mines. En 1836, el ingeniero Gervoy describe cómo se bajan los caballos a los pozos de Saint-Étienne y Rive-de-Gier: se envuelve al animal en una red de cuerdas que lo rodea de modo que, colgado del cable de extracción, quede sentado sobre la grupa. Se le vendan los ojos y se le colocan en las patas trabas de cuero con anillas. Después se tira bruscamente de una cuerda que pasa por esas cuatro anillas para aturdir al caballo y hacerlo caer sobre un lecho de paja. Con la cabeza y las patas atadas a los cables principales, el caballo baja hasta el enganche del fondo, donde lo reciben.
Esta técnica corresponde a las jaulas estrechas de principios del siglo XIX. Después retrocede y desaparece: entre los años veinte y cuarenta del siglo XX, las jaulas son lo bastante grandes para que el caballo baje de pie, sobre sus cuatro patas. Hacia 1908, un editor de postales de Firminy todavía vendía fotos montadas de la bajada en red, con el caballo atado en vertical y los ojos vendados. Esas imágenes circularon de mano en mano en las ciudades mineras y fijaron la escena en la memoria.
Germinal hizo el resto
Zola describe la misma operación en Germinal: el caballo, atado en la red, que se debate arriba, se queda inmóvil en cuanto falta el suelo y desaparece sin un temblor de piel, con el ojo dilatado y fijo. La literatura no inventó nada en este punto. Registró un estado de la técnica que pronto se abandonaría y lo pegó a todo el siglo siguiente. El museo de la mina de Saint-Étienne lo dice con claridad: esta historia es una realidad muy deformada por la literatura y las leyendas modernas. El problema no es que Germinal mienta, sino que se le pida a una novela lo que daría un informe de inspección.
¿Cuánto tiempo pasaban en el fondo?
Aquí todo está en el matiz. A principios del siglo XIX, mientras las jaulas son estrechas, a los caballos solo se les sube cuando su salud lo exige, y pasan realmente varios años seguidos en el fondo. Para finales de siglo, el historiador Jean Lorcin calcula su estancia en la cuenca del Loira en cinco a diez años sin subir. Pero añade una frase que la imaginería popular nunca recogió: en cuanto las dimensiones de las instalaciones lo permiten, los caballos bajan en la jaula y pueden volver a subir, y a partir de 1920 ven la luz del día con regularidad.
En Gales, los museos nacionales han conservado cifras comparables sobre la regulación del trabajo: edad mínima de cuatro años para bajar, de 45 a 60 horas semanales en los años treinta, tope de 48 horas y siete turnos después de 1949, y entre 1938 y 1948 primero una y luego dos semanas de vacaciones al año. Muy lejos del animal que se arroja al pozo y se olvida.
De dónde viene la leyenda del caballo ciego
El museo apunta una pista concreta. En superficie, algunas instalaciones funcionaban con una noria de sangre, un círculo en el que el animal gira siempre en el mismo sentido, por un recorrido del todo uniforme. Un caballo ciego seguía siendo útil allí y podía terminar en ella su carrera. Ver trabajar a un caballo ciego en una compañía minera no tenía, pues, nada de raro. Deducir de ello que la mina dejaba ciego es un salto que las fuentes no permiten.
Lo que sí constatan los ingenieros es real y está documentado: la vista de los caballos de mina se debilita, son más vulnerables al muermo, sobre todo con los cambios bruscos de temperatura, y la humedad del suelo les ulcera los cascos. Un jefe de cuadras del pozo Montrambert cita en el periódico de la empresa, en los años sesenta, cólicos, papera, clavos halladizos, es decir, heridas en el casco por un clavo o un trozo de hierro, y trastornos de conducta que describe como tics. Algunos caballos se quedaron ciegos, pero por accidentes, no de forma inevitable, y entonces se les subía y se les daba de baja. Para entender por qué la oscuridad prolongada y los golpes dañan los ojos, lo mejor es empezar por la anatomía del ojo del caballo, y los primeros auxilios ante un cólico no han cambiado desde entonces (ambos en francés).
Cuatro fichas de cuadra, cuatro destinos
Los archivos de una mina de Le Chambon-Feugerolles, en el Loira, conservan fichas individuales de finales de los años veinte. Llevan nombres y números: Veinard, Souris, Vigilant, Volvic, números 1108, 1162, 1096 y 1131, y registran tanto las bajadas como las subidas.
Veinard es un alazán dorado de 1,44 metros de alzada. Tras cuatro años de servicio, subido tres veces por heridas, se queda ciego y se le da de baja. Souris está ciega y tiene gabarro en los cuatro cascos, una afección purulenta frecuente en cuadras mal cuidadas, después de haber perdido el ojo derecho dos años antes. Vigilant, un castrado que se había vuelto difícil, ya no se dejaba herrar y volvió a un tratante de caballos. Volvic, herido en la pata izquierda, solo bajó unas pocas veces, a 516 metros de profundidad. Cuatro fichas, cuatro caminos: justo lo que la leyenda no deja imaginar.
Un dato tranquiliza más que el resto. La esperanza de vida de un caballo de mina era cercana a la de un caballo de tiro que trabajaba en superficie, unos veinte años. Empleados lejos de los frentes de arranque, solían estar a salvo de las explosiones y, en caso de catástrofe, se les evacuaba casi como a los mineros.
Cómo se juzga un caballo de trabajo
Los criterios de los ingenieros de minas del siglo XIX son los mismos que mira todavía hoy un profesional de la tracción animal.
- La alzada en relación con la altura de la galería, nunca por sí sola.
- La calidad del casco: ancho, sano, resistente a la humedad constante.
- La ventilación y la temperatura del lugar de trabajo, de las que depende todo lo demás.
- La longitud del recorrido: por debajo de 150 metros, la tracción animal no compensaba.
- El perfil de la galería: los cambios de dirección y de nivel cuestan más que los metros.
- La carga real en la collera, no el peso del animal.
- El seguimiento sanitario: mozo de cuadra fijo, herrador, veterinario, ficha individual.
Las razas del fondo: ni Percherón ni yeguas
En el habla corriente francesa, la palabra Percherón designa a menudo a cualquier caballo de tiro. En el fondo de la mina, sin embargo, era raro: conocido por su trote, el Percherón servía sobre todo como caballo de tiro en superficie. En el fondo se imponen otros tipos, más fuertes y rústicos que rápidos: el Trait du Nord, el Bretón y el Ardenés, completados con caballos de Bélgica o de Rusia.
En 1836, la cuenca del Loira emplea doscientos cincuenta caballos, en dos categorías: caballos comunes de 1,50 metros traídos de Suiza o del Berry, y caballos pequeños de 1,36 metros procedentes del Vivarais, el Velay y a veces de Córcega o de las Landas. A menudo se preferían los pequeños: más baratos de comprar y de mantener, más rápidos, menos sensibles al calor y al aire viciado. En las minas del norte, donde las galerías son más estrechas, se empleaban como en Gran Bretaña ponis Shetland y pottokas. Un detalle que dice mucho de la selección: en las minas del Loira no se registró ni una sola yegua. Para situar los formatos, nuestra tabla del peso de las razas de tiro da los órdenes de magnitud raza por raza.
El caballo no fue el único animal que se probó. Desde 1833 se emplean bueyes en las minas de Le Cros y La Grande-Croix, a mitad de precio pero grandes y lentos. Las mulas hacen el mismo trabajo por menos, pero son difíciles de manejar. Quedan los gatos, que bajaban a cazar ratas, y los canarios, centinelas contra el monóxido de carbono.
Lo que arrastraba de verdad un caballo de mina
Las cifras de 1836 son precisas. En caminos bien mantenidos, en galerías bien ventiladas y no demasiado calurosas, los caballos más fuertes arrastran hasta 500 kilos de carbón. En malas condiciones no se les pide más de 200. Recorren entonces de cinco a siete kilómetros al día. Un sistema de plano inclinado, en el que la bajada de las vagonetas llenas compensa la subida de las vacías, permite a un caballo mover hasta cuatro toneladas de carbón en el doble de distancia. Un convoy típico tenía de doce a trece vagonetas.
Estas cifras no describen la fuerza bruta del animal, sino el rendimiento de una instalación. Es el mismo malentendido que hoy encontramos ante la báscula: el peso de un caballo de tiro y la fuerza que de verdad sostiene en la collera no miden lo mismo. La mina había entendido antes que nadie que a un caballo no se le juzga por sus kilos, sino por la geometría del recorrido que se le pide y por la calidad de su herraje. El trabajo del herrador era una pieza central del sistema, igual que los cuidados básicos diarios (ambos en francés).
1960, 1976, 1999: los últimos
La mecanización hizo el resto. Hacia 1925 se cuentan unos diez mil caballos en las minas francesas. El pozo Couriot, abierto en Saint-Étienne en 1919, ya no prevé ninguna tracción animal: allí funciona desde el principio una locomotora eléctrica de fondo. En la cuenca del Loira, el último caballo sube a finales de 1960, en el pozo de La Béraudière, en el municipio de La Ricamarie. En la cuenca minera de Nord-Pas-de-Calais, un caballo llamado Bambino termina su servicio en el fondo en 1976.
Al otro lado del canal de la Mancha, la historia es parecida, pero a mayor escala. Los museos nacionales de Gales cuentan más de doscientos mil caballos en las minas británicas en 1878, setenta mil todavía en 1913 y cuatrocientos diecisiete en 1967. El último caballo baja en 1972 en Big Pit, y los dos últimos ponis de mina británicos, Gremlin y Robbie, se jubilan en 1999 en Pant y Gasseg. Robbie vivió después en el National Coal Mining Museum de Inglaterra hasta su muerte en 2009. El mundo hispano tiene también sus caballos de mina: el pottoka, el pequeño caballo vasco, arrastró vagonetas en minas del País Vasco y de Navarra, y en las minas de carbón de Chile, según el folclorista Oreste Plath, los últimos caballos salieron del fondo en diciembre de 1945.
El caballo dejó la mina, pero no el trabajo. También arrastró las barcazas por los canales, un oficio que se daba por muerto y del que quedan huellas precisas hasta los años sesenta, y hoy vuelve a los viñedos, a los bosques y a algunos centros urbanos.
Lo esencial
- La ceguera generalizada de los caballos de mina es una leyenda que el museo de la mina de Saint-Étienne desmonta con los informes de los ingenieros.
- La bajada en red con los ojos vendados es real, pero es una técnica de principios del siglo XIX, abandonada cuando se agrandaron las jaulas.
- Después de 1920, los caballos de mina suben a la luz del día con regularidad. Antes, están documentadas estancias de cinco a diez años sin subir.
- Su esperanza de vida es cercana a la de un caballo de tiro de superficie, unos veinte años.
- Últimos servicios conocidos: finales de 1960 en la cuenca del Loira, 1976 en la de Nord-Pas-de-Calais, 1999 en Gran Bretaña.
Arado, arrastre de madera, huerta, viñedo, recogida de residuos en la ciudad: la lista de oficios del caballo de tiro es más larga que la mina, y sigue creciendo.
Fuentes
Puits Couriot, Parc-Musée de la Mine de Saint-Étienne, dossier temático «L’emploi des chevaux à la mine», servicio de mediación, 2017. M. Gervoy, «Sur le transport intérieur dans les mines de houille de Saint-Étienne et Rive-de-Gier», Annales des mines, tomo X, 1836. J. Lorcin, «Le cheval dans les mines du Bassin de la Loire», actas del Festival d’histoire de Montbrison, 1994. É. Zola, Germinal, primera parte, capítulo 5. Amgueddfa Cymru, museos nacionales de Gales, artículo sobre los caballos de mina galeses. National Coal Mining Museum for England, dossier «Pit Ponies». Fichas individuales de caballos de Le Chambon-Feugerolles en las colecciones del Puits Couriot. Oreste Plath, Folclor del carbón. Equirider no tiene vínculo con ninguna de estas instituciones.







